Texto: Almudena Sanz/Diario de Burgos. Imágen: Valdivielso. Puedes leer la noticia aquí.

Ninguna cola como las que se alargan a las puertas de los grandes y pequeños supermercados identifica el Centro San José como uno. Y, sin embargo, quienes tocan en sus puertas son los que realmente necesitan el alimento. Salen con sus bolsas y sus carros llenos, pero libres de caprichos. Tomate, legumbres, pasta, leche, pañales… Lo más parecido a una golosina son las pizzas que se amontonan como una torre en una de las neveras y dos bolsas de churros congelados que se cuelan entre un montón de patatas fritas. Cáritas se toma al pie de la letra el Evangelio. Su economato da de comer al hambriento. Y la pandemia por la covid-19 ha elevado su número en la ciudad. 

«Han incrementado las familias que habían dejado hace mucho tiempo de venir porque su situación había mejorado y están volviendo a llamar porque no pueden hacer frente a las necesidades más básicas, que son la alimentación y la medicación, que son las que estamos cubriendo en este momento, y también nos encontramos con gente que nunca había venido y esta situación la ha pillado a desmano», explica la coordinadora, Mila Cogollos, que en estos dos meses calcula que habrán atendido a alrededor de 1.000 personas. 

No hay un perfil nítido de usuario. Hay tanto población nacional como inmigrante, en situación regular e irregular, y muchas familias numerosas que ahora, además, tienen que hacer frente al cierre de los comedores escolares. 

El economato se abrió tras la última crisis económica y social para dignificar la ayuda de alimentos y va ligado al programa de acogida de Cáritas, que ha tenido que cambiar su modus operandi por el coronavirus. Hasta su irrupción, el centro de operaciones eran las parroquias. Desde que el estado de alarma las cerró, el trabajo se realiza en el Centro San José, en San Francisco y en Gamonal. Toda la atención es telefónica, salvo este servicio (también hay despacho en Luis Alberdi). 

A cada usuario se le da fecha y hora. La apertura es de lunes a jueves de 9.30 a 12.30 horas. El horario, cuenta Mila, suele alargarse y en este tiempo de crisis han tenido que habilitar algunos viernes, sobre todo para mitigar el cierre de los muchos festivos que ha habido. 23-24 personas pasan cada día por este despacho de alimentos. 

Esa cita previa evita las colas y esperas innecesarias y la aglomeración de gente. Cada usuario espera su turno en el exterior, todos llegan con mascarilla, entran a hacer la compra de uno en uno y antes se lavan las manos. 

El economato es pequeño y austero. Los productos se disponen en estanterías metálicas y el precio no se cifra en euros, sino en puntos, que se dan a las familias en función del número de miembros. Magdalenas, 1 punto; Atún, tres paquetes un punto; Arroz, 1 punto… Huevos, leche, arroz, patatas y harina son los básicos. Antes de que el virus impusiera la distancia social, a algunos los acompañaban para orientarlos «porque no todo el mundo se organiza bien». 

Este carro se completa con los vales de pescado, carne y fruta que se entregan para su adquisición en las tiendas de barrio. Una práctica con la que, indirectamente, apoyan al comercio de proximidad. 

Este supermercado social cuenta con servicio a domicilio. Tampoco es un capricho. Se lleva la compra a personas que por su situación de vulnerabilidad o porque pertenecen a la población de riesgo no pueden salir de casa. Este alimento siempre va acompañado de otro. «Los llamamos para preguntarlos qué tal están, cómo lo llevan… Muchas personas se pasan el día solas», apostilla Mila y añade que la compra también se lleva a los pueblos del alfoz. Allí no tienen permiso de movilidad ni, en ocasiones, transporte para hacerlo. 

Los productos proceden del Banco de Alimentos, del Fondo de Ayuda Europea para las Personas Más Desfavorecidas y de la propia organización católica, sobre todo los de limpieza e higiene. Con el confinamiento se ha producido un repunte de donativos particulares, incluidos hostelería y comercio, que solo suelen recibirse en fechas señaladas como la Navidad. 

El único almacén es el del Centro San José, que surte a los dos economatos capitalinos y a los puntos de distribución en Briviesca, Lerma, Villarcayo y los pueblos del Alfoz. Cada mercancía se fecha, se coloca en palés y se revisa constantemente para que no caduque nada.

Toda esta maquinaria se mueve con voluntarios. Estos han cambiado con la pandemia. A los 80 habituales los mandaron a casa porque la mayoría pasa de los 65 años, muchos incluso de los 80. «Por ellos estarían aquí, su corazón sigue aquí, pero nuestra labor es protegerlos», observa Mila justo debajo de una imponente imagen de la Virgen, que parece bendecir los alimentos que allí se van a comer. 

(Diario de Burgos, 5 de mayo de 2020)

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