Los aficionados a los deportes invernales recordarán mejor que otros la época en la que solo estaban polarizadas las gafas. La terminología técnica, que a veces sirve para vender más caro el mismo producto, indicaba en este caso que a lentes las cubría una película que filtraba la luz solar, protegiendo los ojos. Desde hace unos años, sin embargo, la polarización parece justo lo contrario: en lugar de mejorar la vista, lo que hace es cegarnos. Cuando la política, la sociedad e incluso la propia Iglesia parecen polarizadas, se designan dos bandos irreconciliables, entre los que es inexcusable tomar partido. Si decidir es, de por sí, un proceso complicado que exige informarse, formarse, discernir y elegir, se vuelve dramático cuando todas las opciones disponibles son malas. En una conversación podemos mostrar disconformidad con la forma de intervenir de Estados Unidos en Venezuela o Irán, y de inmediato restallará un resorte que nos acusará de complicidad con el régimen dictatorial de Maduro, o de respaldar la persecución a las mujeres en los países musulmanes por no cubrirse con un velo.
Sobrepasando la visión en blanco y negro, se pueden denunciar la actitud y las actuaciones del presidente estadounidense, la represión y la miseria no solo económica del sufriente pueblo venezolano y la teocracia belicista de los ayatolás, si por lo que se opta es por la paz. Como nos decía el papa León desde el balcón del Vaticano nada más ser proclamado, «una paz desarmada y desarmante». No es un mero sentimiento, no es un deseo vago, apropiado para el principio del año. La paz que elegimos es aquella que viene de la justicia, que a su vez se pide y se exige porque todos los seres humanos somos iguales en dignidad, en derechos y en deberes, seamos de aquí o de allá, y vivamos en Estados Unidos, en Venezuela, en Irán o en España.
Esta es la opción por la que luchamos y trabajamos en la Iglesia, y por tanto en Cáritas. Defendemos que se haga justicia con las personas que se acercan a nuestras puertas pidiendo acceder a una vivienda, porque la vivienda es un derecho; justicia para quienes buscan un futuro digno para ellos y los suyos, al que además aportarán con su trabajo y esfuerzo; justicia para que el mundo rural no se quede al margen ni se convierta en un parque temático, y justicia para que, por la parte de los deberes, todos contribuyamos al bien común.
Hoy es Jueves Santo, el día del Amor Fraterno, en el que Jesús muestra a sus discípulos hasta dónde llega su amor infinito: Él lo da todo, se da a sí mismo, sin condiciones, a unos y a otros. Con el ejemplo y la fuerza de su amor y entrega, quienes seguimos a Jesús no dejamos de luchar por la justicia y por la paz, para que no sea una opción más, sino la única posible.
Mario Vivanco Esteban
Delegado de Cáritas Burgos
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